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Involución lectora por falta de recursos culturales

 

Empecemos, sin más, lanzando la pregunta del millón: ¿qué diablos está pasando con la novela erótica?

 

En principio, la respuesta parece fácil, ¿verdad?: queremos sacar un bombazo que funcione tan bien como cierta trilogía, y buscamos con desesperación cualquier cosa que se acerque, aunque sea de forma tangencial, a esa temática. Y, de verdad, aunque fuera así, aunque sólo se tratara de eso, ya cansa. Incluso cuando está bien escrita, cansa.

 

La pena es que ahora ya ni lo está.

 

Con las ansias por publicar cualquier cosa, estamos empezando a traspasar límites, a cruzar líneas que jamás deberían cruzarse. Al «todo vale» y a justificarlo todo por el tan manido «todo el mundo tiene sus gustos». Y, desde nuestro punto de vista, esto está empezando a parecer una «involución lectora». Las especies, cuando carecen de recursos durante una crisis prolongada, pueden involucionar, volver a un estadio anterior (Nota de las autoras: Gracias a Maec por las explicaciones y referencias científicas). Y en novela erótica, por falta de referencias culturales apropiadas, estamos volviendo a... A ya no sabemos cuándo. ¿Al medioevo? Pues casi.

 

Y lo que más nos preocupa es que las manifestaciones artísticas, entre las que se incluye la literatura, son un reflejo de nuestra sociedad. Entonces, ¿qué clase de sociedad tenemos? ¿En qué nos estamos convirtiendo? ¿Hacia dónde evolucionamos o, mejor dicho, involucionamos, cuando una autora es capaz de justificar en su obra algo tan repugnante como la pederastia o la violación?

 

amortxicocalaveraY como ya sabemos por dónde van a ir los tiros del abogado de la defensa, aclaremos: sí, existe algo que se llama «libertad de expresión». Naturalmente. Y libertad de culto, y libertad ideológica... Y un autor tiene libertad creativa, lo que, poco más o menos, en estos tiempos viene a querer decir que puede escribir lo que le salga de los innombrables sin consecuencias. Sin tener en cuenta que también existe el derecho a la integridad física y a la libertad. Y que la tortura y la esclavitud están prohibidas por la Convención de Derechos humanos. Sin tener en cuenta que, nos guste o no, además de lo que aprendemos en casa, buscamos referencias, patrones de comportamiento en libros, en revistas, en películas, en series de televisión, y que existe algo que se llama responsabilidad. Y ética profesional —claro que del «intrusismo profesional» en la literatura podríamos hablar largo y tendido, pero eso es otro tema. Aunque no sean «profesionales», la ética debería respetarse igualmente—. Y que de cada obra, se puede deducir un mensaje, y que es responsabilidad del autor decidir qué mensaje quiere lanzar al mundo. Puedes escribir sobre algo polémico, naturalmente. Pero si escribes una novela en que presentas a un terrorista como el héroe de la historia y dejas claro que su actitud es la moralmente correcta, que él tiene razón, que se puede justificar el terror y el asesinato, pues puedes acabar delante de un tribunal de justicia explicando que no querías hacer apología del terrorismo.

 

Del mismo modo, si presentas una violación como la premisa de la que parte un romance, es como si le dijeras al mundo que todas esas mujeres que pasan por esa experiencia horrible, lo que deberían hacer en lugar de buscar apoyo psicológico y denunciarlo a la policía es enamorarse de su violador y acabar casándose con él.

 

Es triste pero real. Cada día escuchamos noticias de todo el mundo donde se hace referencia a la violencia de género, mujeres que padecen violencia doméstica e, incluso, algunas pierden su vida a manos de aquel que es considerado su compañero, o que lo fue. Entonces, ¿cómo podemos justificar éste tipo de actos en un género literario que se caracterizó por ser llamado «rosa»?

 

Un género que nos hizo vivir miles de romances...

 

Para aquellas que leemos desde hace mucho tiempo éste género es penoso ver cómo se lo ha llevado al extremo, al punto de volverlo tóxico para cualquier mujer, casi diríamos que es perjudicial para la salud psíquica y emocional de cualquiera. Hemos llegado al límite de leer que se justifica cualquier tipo de violencia contra la mujer, sin distinción de edad: violación, violencia física y psicológica, abuso de menores, entre otros. ¿Y todo por qué? Porque el antihéroe ha pasado a ser el héroe de la novela, porque el pobre tiene un trauma entonces es comprensible que te viole, te golpee y te insulte. Si te pega es porque te ama, ¿verdad?

 

Pues no.

 

Y ahora vendrán los modernos, los liberales y los políticamente correctos a dar doscientas Stopexplicaciones —absurdas—, cien argumentos —que se caen por su propio peso— y mil gritos de «libertad, libertad y si no te gusta no lo leas». Claro, qué fácil. Si no me gusta, no lo leo. Y si mañana escucho cómo mi vecino está asesinando a su mujer con el cuchillo de cortar las patatas porque miró dos veces al tío del Mercadona que le trajo la compra, pues me quedo callada en mi casa y no llamo a la policía. Que tienen derecho matarse el uno al otro, cómo no.

 

Hombre, por favor.

 

Eso se llama, hablando alto y claro, ser cómplice de alguien que está cometiendo un delito. Y soy tan culpable como él, porque serví de testigo y no actué. Y en éste caso es lo mismo: si no nos manifestamos en contra de lo que está sucediendo con las novelas eróticas, estamos siendo cómplices de aquel que hace apología del delito. Y como no queremos cerrar los ojos y cruzarnos de brazos, aquí estamos. Para actuar y denunciar.

 

Estamos cayendo en la ridiculez más supina a base de «cada uno tiene sus gustos». Y queremos creer que esto pasa porque la gente no entiende lo que lee, porque son gente joven, gente que no conoce el género, que no tiene todavía asentado lo que está bien y lo que está mal, gente que no se ha creado todavía una escala de valores coherente y que aún piensa que ser guapo y tener dinero justifica todos los males. Porque si son adultos los que piensan esto, una vez más, ¿en qué clase de mundo estamos?

 

Para todas aquellas que acaban de descubrir el BDSM o alguna parafilia similar y creen que es genial y que le va a dar mucho color a su vida íntima, y que es muy moderno y muy divertido aceptar cualquier cosa, vamos a ver si nos entendemos de una puñetera vez: seguro. Sano. Consensuado.

 

¿Repito?

 

Seguro. Sano. CONSENSUADO.

 

No sé en otros países, pero en España la edad de consentimiento está en los trece años. Y de los trece a los dieciséis hay una especie de limbo de especial protección, precisamente, porque el consentimiento es dudoso. Eso que le quede muy claro a quien tiene la poca vergüenza de meter en una novela a un tipo mayor de edad llevándose a la cama a una cría de catorce años, después de abofetearla, azotarla y hacerla sangrar. Consensuado, ¿verdad? Vamos no me j...

 

ViolacionSi sois capaces de leer cómo un protagonista —o secundario, lo mismo me da que me da lo mismo— de una novela viola a una cría de catorce años y, diez años después le pide perdón y con eso ya está... Pues, perdonadnos, pero tenéis un problema o una escala de valores muy podrida. Lo mismo si creéis que puede nacer una historia de amor entre una víctima y su violador.

 

Y ya no decimos nada de la escala de valores del que concibió la historia, porque nos hemos propuesto no insultar.

 

Y ahora entramos en terreno pantanoso: abusos, malos tratos, vejación y consentimiento dudoso.

 

Volvemos a lo mismo y, por vuestro propio bien, grabáoslo como un mantra: seguro, sano, consensuado.

 

Si «no» puede no ser «no», al menos necesitáis que algo como «rojo» lo sea. Hay límites infranqueables y no sirve el «yo sé lo que quieres», que vuestro hombre no es Dios aunque a veces se lo crea. Cuando el «yo sé lo que quieres» se transforma en «lo iba pidiendo», estamos ante la excusa más vieja del mundo para justificar una violación. ¿Me miró dos veces? Quiere guerra. ¿Lleva falda corta? Quiere guerra. ¿La camiseta es un poco más ceñida de lo normal? Quiere guerra. ¿Dijo que no? Bah, lo estaba deseando, sólo quería hacerse la dura.

 

Es asqueroso, ¿no? ¿Alguna vez os habéis tenido que sacar de encima a algún tío que no entiende que «no» es «no»? ¿De esos que babosean en las discotecas y los pubs y que no hay quien se los quite de encima? ¿A que no es agradable? Bueno, pues tampoco lo es cuando ese tío lleva un Rolex de oro y tiene abdominales de gimnasio, de verdad. Y menos cuando el maromo en cuestión dice saber lo que es mejor para ti sin consultarte, ocultándote información y manipulándote. Al final, terminas convertida en Patty Hearst, con un Síndrome de Estocolmo del tamaño de un avión y sin saber dónde está el puñetero tren que te ha pasado por encima. Eso no es amor y, desde luego, no es consentimiento, porque a esas alturas ya no estás para consentir nada, que tu captor es tu universo y ya ni sabes dónde tienes la cabeza.

 

SumisoEs repugnante, aberrante, horrible leer tales cosas en un género que habla del amor y las relaciones humanas. Cansa repetir lo mismo una y otra vez pero nada, absolutamente nada, justifica tales actos. Aquel que lo realiza es un enfermo y un criminal, y debe ser penado por la ley, no un sujeto digno de lástima y amor. Mucho han luchado las mujeres por la igual de género y oportunidades —y no hablamos de feminismo, hablamos de IGUALDAD—, para que venga ahora un boom literario y borre de un plumazo todos esos años de lucha. Y antes de que venga la gente con poca comprensión lectora a aferrarse al ejemplo: sí, hay sumisos hombres. Pero quiero que me nombréis una trilogía de los últimos tiempos, una nada más, en que el sumiso sea él. ¿Cómo era eso? ¿Qué todos tenemos derecho a tener nuestras fantasías? Pues de un tiempo a esta parte parece que sólo se puede fantasear con la dominación si eres hombre, lo que, desde luego, trasmite un mensaje muy igualitario.

 

En todas las novelas es lo mismo: si el hombre está forrado en dinero todo se le permite; que si te controla es porque tienen miedo de perderte; que está bien que te diga qué hacer, qué vestir, dónde y con quién ir, porque él y sólo él sabe lo que es mejor para ti; que si te pega es porque te ama... Y si te mata, es porque es tu dueño.

 

Suena fuerte expresado de esa manera pero ese es el mensaje subliminal que se está dando con estas últimas novedades publicadas en el género. Y lo triste es, que cada mes es igual, y ya empieza a llegar el momento de trazar la proverbial línea en la arena y decir a gritos «¡¡Basta!!».

 

¿Qué ha sido de los criminales que en lugar de convertirse en héroes pagan por sus pecados? En una novela normal, reflejo de una sociedad normal, el violador sería castigado por la víctima o su entorno, directa o indirectamente. Sin pensarlo mucho me vienen ya tres ejemplos a la mente. Sin esta idea se pierde el placer de ver resarcida a la víctima, se pierde la satisfacción que se siente al ver cazado al cazador. Y aquí no hablamos de la venganza que muchos de estos torturados persiguen, hablamos de justicia.

 

Pero ahora se ha puesto de moda que un criminal puede ser un héroe, y la razón es —¡oh, sorpresa!— que tuvieron una infancia desgraciada, unos padres descuidados o sufrieron un maltrato. De víctima a criminal, y eso no tendría nada de raro si ese criminal pagara por sus actos, si fuera el villano de la historia. Pero no, tenemos que caer rendidas a sus pies. ¿Y por qué? Pues porque es sexy y rico, por eso tenemos que aguantar que un supuesto héroe sea un depravado, que no cambie y que además sea el vencedor. Y hasta aquí hemos llegado.

 

Abusoverbal¿Queréis jugar? Fabuloso. ¿Queréis darle vidilla a vuestros colchones? Me parece fantástico. Y, por supuesto, tenéis todo el derecho del mundo a tener —e incluso a intentar cumplir— todas las fantasías que os dé la real gana. Pero siempre, siempre, sin traspasar los límites que impone el consentimiento. Un menor no puede consentir; una persona que no ha pedido una relación sexual, a la que se la somete por la fuerza, no está consintiendo; alguien que desconoce en qué diablos se está metiendo, no puede dar un consentimiento real. Y digo más: si queréis un tío que lleve el control, fabuloso. Pero recordad que el control se gana, se mantiene y se conserva. Si un fulano que dice ir de dominante pierde los nervios a la primera ocasión y os suelta un sopapo porque sí, eso no es un juego sexual, es maltrato. Y no dejéis que nadie os diga lo contrario.

 

Y una vez más, adelantándonos al abogado de la defensa: sí, son obras de ficción. Naturalmente que lo son, jamás lo hemos puesto en duda, porque si no lo fueran y estuvieran basadas en las experiencias reales del autor, éste estaría en la puñetera cárcel. Volvemos a lo mismo: responsabilidad. Tanto por parte del autor, que debe informarse, documentarse y comprender lo que está escribiendo y el mensaje que trasmite, como del editor, que debe tener muy claro hasta dónde quiere llegar con su línea editorial y cuánto está dispuesto a arriesgar por vender polémica. Repetimos: sí, es ficción; porque si fuera una historia de la vida real, saldría en los periódicos, todos nos horrorizaríamos y pediríamos la cabeza del criminal... Pero como es ficción está perdonado. ¿Cierto?

 

Genial.

 

No vendamos nuestra humanidad por ganar dinero, reflexionemos sobre aquello que estamos ofreciendo a los nuevos lectores, muchos de ellos jóvenes —los viejos lectores sabemos a qué autoras, e inclusive, a qué sello apuntar—, pero los que recién inician, ¿qué? ¿Qué les estamos transmitiendo?

 

Y si alguien me viene a decir —y aquí la que habla soy yo, Danna, que no quiero meter a mis compañeras de desdichas en esto— que se puede decir si un libro te ha gustado o no, si está bien escrito o no, pero no criticarlo sin una buena razón, que no me tienten. En serio, que no lo hagan, que hay un crítico feroz escondido dentro de mí y ansiando clavar sus colmillos hasta encontrar sangre. Que a mí a testaruda no me gana nadie, y tengo estómago para leerme lo que haga falta y mencionar cada error, cada fallo de sintaxis, cadaaficheexplicacion metedura de pata ortográfica, cada giro absurdo en el argumento, cada pifia de coherencia interna, cada desliz, cada patinazo, cada chorrada... Y sí, me consta que con eso quizá haré publicidad aunque sea negativa, pero al menos, la gente que tiene comprensión lectora, se va a reír muchísimo. Y ya no aclaro si con, o de la autora, porque no creo que haga falta.

 

Y si esto no es suficiente, lo tenemos por triplicado. La moda de la erótica no estuvo completa hasta que empezaron a aparecer trilogías, desde la que todos sabemos, y desde entonces ha sido una auténtica locura —locura de depravación y de márketing editorial—. Hemos llegado a pensar que estamos ante una competición de degeneración...

 

¿Cuál será la próxima depravación?

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