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Escribir y la importancia de tener pestillos
en la puerta

 

Aunque enfoque este artículo hacia la situación de escribir, por supuesto que se puede extrapolar a las lectoras, porque seguro que alguna vez les ha pasado que les interrumpan en la parte más emocionante del libro.

 

PestilloNo me considero escritora, para nada. De hecho, seguro que mi concepto de escritora difiere mucho del de la mayoría, y de eso ya he hablado en el foro, así que no voy a entrar en este asunto. Pero para mí, es un hobby que me relaja y entretiene. En estos momentos, no sé muy bien la causa, estoy en un momento de estrés. No sé si es por la tensión, el sólo hecho de pensar en cosas que tengo que hacer, o la mala leche que siento por la actual situación del mundo en general y de mi país en particular.

 

El caso es que tengo uno de esos molestísimos tics en el ojo, ésos que te hacen palpitar el párpado inferior continuamente y que te vuelven loca. Y el problema es que se me está desplazando igual que me pasaba durante la etapa de exámenes de la universidad. Cuando digo desplazar, me refiero a que empieza en el párpado inferior y va apoderándose de todo el ojo, de modo que al final, parece que se te va a salir de tanto pálpito.

 

Así que estoy desconectándome de todo en la medida de lo posible e intentando rellenar mi tiempo libre en cosas de ocio. Y escribir es una de ellas. Me relaja y me entretiene, escribir. De modo que, si me encuentro en un «momento de inspiración» cuando necesito evadirme, aprovecho y escribo.

 

Y como muchas escritoras sabrán, es un momento en el que necesitas tranquilidad; estar concentrado en lo que haces. Tienes que poner ideas y sentimientos en las escenas, así que necesitas «sintonizarte» con la historia. De la misma forma que una lectora se mete en la historia que lee y hace que el mundo alrededor desaparezca.

 

Así que estás concentradísima en lo que haces, te emocionas con lo que escribes —porque yo no sé las demás, pero cuando estás metida en una escena emotiva, yo lo vivo peor porque llevas un rato trabajando en ese sentimiento, releyendo, reescribiendo y al final, ya estás ahí con la lagrimilla en los ojos, toda concentrada en lo que hacen los personajes—. Así que imaginad el panorama de estar escribiendo en el ordenador con los ojos rojos de emoción y de repente...

 

De repente, alguien entra por la puerta de tu habitación y te corta todo el rollo. Y tú estás ahí, con la lagrimilla en los ojos, parpadeando a doscientos por segundo intentando que el agüilla desaparezca del globo ocular sin conseguirlo mucho porque alguien ha entrado «hasta la cocina» de tu habitación a preguntarte cualquier chorrada del momento. Y tener qué escuchar: «¿por qué estás así?».

 

Y es entonces cuando ves que tu intento de quitar el tic de un ojo, vuelve para apoderarse de los dos. Porque da igual lo que intentes. Cuando era pequeña, hasta ponía el típico semaforito de la puerta para que nadie entrara, y nada. También lo he intentando con el consabido: «si la puerta está entreabierta, puedes pasar; si está cerrada, no». Da igual, sieeeeempre acaban entrado y te cortan todo el rollo.

 

ManillaAsí que piensas: «¿por qué no pondré un maldito pestillo en la puerta?». Porque esa persona que ha entrado ha venido a contarte cualquier tontería que en ese momento le ha venido a la cabeza, pero a ti, de verdad... de verdad de la buena, te ha cortado todo el rollo. Cuando se marcha, ese camicace que entró en tu habitación cargándose todo el ambiente, no sabe que, cuando vuelves a poner los ojos en la pantalla, has perdido toda conexión con la escena. Te ha expulsado de ella de la peor forma, y más aún, que puede que la escena que se estaba trazando tan perfectamente en tu cabeza, se desdibuje dependiendo del rato que te haya cortado.

 

Así que tienes que volver a leer varias páginas anteriores para meterte en escena, para que toda la emoción de ella vuelva a filtrarse en ti y se vuelvan a montar los diálogos, los sentimientos de los personajes... en definitiva, de nuevo a tener la situación en tu cabeza. Y entonces llegas al punto donde estabas después de haber hecho el proceso de simbiosis con la historia y empiezas a escribir. Y no ha pasado un solo párrafo cuando le tienes otra vez: «oye, que se me había olvidado decirte...».

 

Ese momento es cuando te sale el «Hulk» que llevas dentro y a la persona que está en la puerta la miras con un odio visceral y sueltas un: «¡¿Qué?!», a mala leche que no son capaces de entender. Y te miran como si fueras la peor persona del mundo porque les has contestado de mala forma. Por supuesto, tú en ese instante piensas que eres la persona más racional del mundo porque te han sacado de tu historia para la chorrada del día. Pero esa persona que no sabe ni lo que estás haciendo, mucho menos lo que implica estar ahí metido, no entiende que le contestes así.

 

Así que vuelves a pensar en el famoso pestillo que quieres poner en tu puerta pero nunca llegas a poner. Y creo que es tan indispensable como el manual que se incluye en cualquier aparato. Junto con el archivo de texto que abres debería venir un pestillo con tornillos para poner a la puerta. En serio.

 

Y si alguna piensa que estoy exagerando, os diré que alguien me ha interrumpido hace media hora mientras estaba escribiendo una escena del final de mi historia, dando lugar a la situación que acabo de contar. Y como es algo que, por desgracia, es recurrente en mi vida cuando escribo, aprovechando que me habían expulsado de mi novela de una patada dolorosa, y en su lugar, me han dejado la inspiración para este artículo, me he decidido por escribirlo, sabiendo que es algo que a más de una le habrá pasado.

 

Sin más, os dejo aquí y me vuelvo con mi tic a la novela en la que estaba.

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